Emilia Pardo Bazán y el modernismo

Retrato de Emilia Pardo Bazán. Joaquín Vaamonde, 1956. Museo de Belas Artes da Coruña

Emilia Pardo-Bazán y de la Rúa Figueroa

A Coruña, 16 de septiembre de 1851 – Madrid, 12 de mayo de 1921.

Novelista, periodista, ensayista, poetisa, crítica literaria, dramaturga, traductora, editora, catedrática y conferenciante.

Hoy, 12 de mayo de 2021, con motivo del centenario de la muerte de Emilia Pardo Bazán se realiza este artículo como homenaje, mostrando la relación de doña Emilia con el modernismo, ya sea en literatura, pintura o arquitectura. Se hace un recorrido por su obra literaria desde el naturalismo de sus primeras novelas al modernismo de las últimas, centrándonos en las descripciones que realiza de A Coruña, Marineda en la ficción.

El Naturalismo de Emilia Pardo Bazán

Todos conocemos a Emilia Pardo Bazán por sus novelas como Los Pazos de Ulloa (1886-1887) o la Madre Naturaleza (1887) de estilo naturalista. El naturalismo es un estilo literario, artístico y filosófico que tiene su origen en Francia con Émile Zola (1840-1902) como máximo representante y que defiende la interpretación exacta de la realidad con la naturaleza como principal exponente de este fin. Se diferencia del realismo, del que se escinde de una manera sutil, en el hecho de que la vida se representa de una manera más objetiva en una actitud amoral. Emilia introduce el naturalismo literario en España con La cuestión Palpitante (1883) donde defiende el valor literario de Zola . Por este ensayo es altamente criticada, por ser una mujer casada y con hijos que defendía la literatura francesa que era considerada atea y pornográfica. Hasta tal punto llegó el rechazo que precipitó la separación de su marido. Así es, que La Tribuna (1883) está considerada la primera novela naturalista española dado el carácter social de la misma al tratar el tema de la mujer trabajadora, personificada en Amparo, y las reivindicaciones obreras en la fábrica de tabacos de A Coruña, Marineda en la ficción.

Postal de principios del siglo XX de la Fábrica de Tabacos de A Coruña. Foto via El País.

“En abono de La Tribuna quiero añadir que los maestros Galdós y Pereda abrieron camino a la licencia que me tomo de hacer hablar a mis personajes como realmente se habla en la región de donde los saqué. Pérez Galdós, admitiendo en su Desheredada el lenguaje de los barrios bajos; Pereda, sentenciando a muerte a las zagalejas de porcelana y a los pastorcillos de égloga, señalaron rumbos de los cuales no es permitido apartarse ya. Y si yo debiese a Dios las facultades de alguno de los ilustres narradores cuyo ejemplo invoco, ¡cuánto gozarías, oh lector discreto, al dejar los trillados caminos de la retórica novelesca diaria para beber en el vivo manantial de las expresiones populares, incorrectas y desaliñadas, pero frescas, enérgicas y donosas!”.

Emilia Pardo Bazán. La Tribuna, 1882.

El decadentismo de Emilia Pardo Bazán

De igual manera que en la arquitectura se abandonó la estética impuesta por las corrientes academicistas, para instaurarse el modernismo, Pardo Bazán también lo hace en la literatura. En la arquitectura se pretendía terminar con todas las normas impuestas hasta entonces y empezar de nuevo con un estilo completamente nuevo, y en literatura, Emilia va dejando atrás el academicismo literario del naturalismo para sumergirse en el decadentismo con el que fluiría hacia el modernismo en sus últimas obras. Este estilo se desarrolla a partir de 1880 y tiene su origen en Francia como respuesta a la decepción de parte de la sociedad a la humillación sufrida tras la guerra franco-prusiana (1870-1871). Sus componentes, les décadents, como les bautizó la misma crítica a los que ellos condenaban, arremetieron contra la burguesía y los ordenes preestablecidos.

“La decadencia representada por Oscar Wilde (y por otros, como los grandes poetas Baudelaire y Verlaine, por ejemplo) es un periodo en que el culto a la belleza se muestra fervoroso y engendrador, y en que el sentimiento lírico, al parecer agotado en sus fuentes por el romanticismo, renace en formas nuevas, exaltadas y a veces maravillosas”

Emilia Pardo Bazán. Un poco de crítica decadente, 1920.

Esta rebelión contra la Academia y a las normas impuestas es innata en Emilia y nos refleja otros muchos aspectos de su vida como el hecho de ser una gran defensora de la mujer y sus derechos, de la misma manera que hace caso omiso a las normas sociales para comportarse con mayor naturalidad y desparpajo.

El feminismo en Emilia Pardo Bazán

“La magnitud del edificio [Fábrica de Tabacos] compensaba su vetustez y lo poco airoso de su traza, […] poseían aquellas murallas una aureola de majestad, y habitaba en su recinto un poder misterioso, el Estado, con el cual sin duda era ocioso luchar, un poder que exigía obediencia ciega, que a todas partes alcanzaba y dominaba a todos.”

Emilia Pardo Bazán. La Tribuna, 1882.

En relación a este tema social de reivindicación del papel de la mujer en la sociedad Doña Emilia luchó por la emancipación social e intelectual de la mujer tanto de manera activa como literaria. Una de sus principales armas fue el periodismo político pero los personajes femeninos de sus novelas también expresaban esa modernización de la sociedad española que Pardo Bazán tanto exigía. Así sucede con sus protagonistas femeninas  como la ya mencionada Amparo Roséndez de la Tribuna o Lina Mascareñas de Dulce Sueño (1911). Emilia, sobre todo reclamaba el acceso de la mujer a la educación, al igual que Concepción Arenal (1820-1893). Con ésta compitió en un certamen al que presentó su primera obra Estudio crítico de las obras del padre Feijoo en 1876. De la misma manera, propuso de manera infructuosa a Concepción Arenal para la Real Academia Española, mismo destino que le aconteció a ella en tres ocasiones y a Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873). También tuvo relación con la también activista y escritora Juana de Vega (1805-1872) cuyo salón era un importante centro de la vida social y política liberal de A Coruña. A Juana de Vega, Emilia la nombra con el nombre de Consola en su novela Memorias de un solterón (1896):

“Fue doña Consola, en sus juventudes, doncella de confianza de una notable mujer marinedina, a ilustre viuda del guerrillero Esteva [Francisco Espoz y Mina (1781-1836)], a quien Isabel II hizo merced del título de duquesa de la Piedad. En la larga emigración de la dama, que pasó a Inglaterra acompañando a su esposo perseguido por liberal, doña Consola no se apartó de ella.”

Emilia Pardo Bazán. Memorias de un solterón, 1896.
La Carga. Ramon Casas, 1899. Museo Comarcal de la Garrocha de Olot.

Marineda, la Coruña de Emilia Pardo Bazán

Como ya introducíamos antes, Pardo Bazán ubica varios de sus cuentos y novelas en A Coruña bajo el nombre ficticio de Marineda que se muestra por primera vez en su novela La Tribuna (1883). De igual manera que lo hicieron sus coetáneos Leopoldo Alas “Clarín” (1852-1901) al bautizar como Vetusta a la ciudad de Oviedo en su novela La Regenta (1884-1885); Armando Palacio Valdés (1853-1938) que en su novela Marta y María (1883) llama Nieva a la ciudad de Avilés; y la Orbajosa de Doña Perfecta (1876) de Benito Pérez Galdós (1843-1920) que se asocia con la ciudad de Baeza. Todos ellos componen, junto a Joaquín Dicenta (1862-1917), la Generación de 1868 agrupando a un grupo de novelistas que empezaron a escribir tras la Revolución Gloriosa de 1868, todo ello en un contexto de cambios sociales y libertad tras el fin de la censura característica del reinado de Isabel II.

Por lo tanto Emilia describe A Coruña bajo el pseudónimo de Marineda de sus novelas, describiéndola de la manera siguiente en La Piedra Angular (1891):

“Nunca tanto como en aquel instante decisivo y supremo resultaba a sus ojos la semejanza de la ciudad con un cuerpo de mujer, bien ceñida por torneado corsé la delgada cintura, y sueltos a partir de ella los pliegues de la faldamenta amplia y rumorosa. Dos conchas llenas de esmeraldas parecían los dos mares, el de la Bahía y el del Varadero, que comprimían a derecha e izquierda el esbelto talle de la ciudad, y el nevado caserío con sus fachadas de miles de cristales, heridas por el Poniente, fingía sobre aquel talle primoroso el culebreo de un bordado de lentejuelas a la luz de una tea roja.”

Emilia Pardo Bazán. La Piedra Angular, 1891
Foto aérea de A Coruña en 1956. Foto via Todocolección.

Además introduce escenarios de la ciudad como es el caso en Por el Arte en Cuentos de Marineda (1892) donde Estévez describe noches en el Teatro principal, llamado desde 1909 Teatro Rosalía de Castro. El teatro lo construye José María Noya (1838-1840) y veinte años más tarde Faustino Domínguez (1862-1865) construirá en torno al teatro el Palacio Provincial de la Diputación de A Coruña; el edificio sufrirá un incendio en 1867  tras lo cual será reconstruido por Faustino Domínguez Coumes-Gay entre 1868 y 1870, fecha a la que probablemente haga referencia Emilia en el cuento. Después de este momento, hasta llegar a nuestros días, el edificio ha seguido teniendo reformas como las de Pedro Mariño, Santiago Rey Pedreira y Manuel Gallego  en 1929, 1950 y 1983-1993 respectivamente.

“A principios de noviembre se abrió el Teatro principal, llamado Coliseo por la Prensa marinedina. Una compañía de zarzuela, ni mejor ni peor que las que actúan en la corte, se dedicó a refrescar los secos laureles del repertorio clásico […]. Como buen aficionado a la música, yo detesto la zarzuela; pero concurrí asiduamente al teatro por lo consabido «¿Adónde vas, Vicente? A donde va la gente.» […].

[…] Los palcos se habían disputado como si fuesen asientos en el cielo, a la diestra de Nuestro Señor. En cada uno se reunían dos familias, de modo que parecían retablos de ánimas. Las señoras habían sacado del ropero lo mejorcito, y muchas se habían encargado trajes para el caso. Predominaban los escotes, y veíase, como en el Real en días solemnes, mucho hombro blanco, algunos brillantes, guantes largos, abanicos de nácar, que agitaban un ambiente de perfumes. También se habían extralimitado los señores: en el palco de la Pecera y en las butacas, los admiradores locos de la beneficiada obedecían a la consigna de presentarse de frac, cosa que reprobaban con expresivo movimiento de cabeza los formales, entre ellos Nicolás Darío, firme en su acostumbrada y correcta levita. Por hallarse tan atestado el teatro, en los huecos que quedan entre butacas y palcos se habían colocado sillas, y no se desperdiciaba ni una. En fin, estaba aquello que, como suele decirse, si cae un alfiler no encuentra donde caer”.

Emilia Pardo Bazán. Por el arte, Cuentos de Marineda, 1892.
Fotografía de los Jardines de Méndez Núñez y la Marina en 1879. A la izquierda se ve la fachada trasera del Teatro Principal (Rosalía de Castro) y a la derecha las torres de la Colegiata y la iglesia de Santiago.

También describe la Marina, en concreto en Doña Milagros (1894) donde detalla las galerías con vidrios de colores. Esta descripción probablemente pertenezca al número 25-27 de la calle Riego de Agua con fachada trasera a Avenida de la Marina número 7 dado que ese tramo de edificios, cuya fachada principal da a Riego de Agua ya existían en el momento en que escribió la novela. Este edificio es obra de Gabriel Vitini Alonso de 1871-1872.

“Aquel cierre de cristales tenía una particularidad que lo diferenciaba de los restantes de Marineda: y es que su parte baja la componían vidrios alternados de distintos colores, azules, rojos, verdes y amarillos, a través de los cuales se veía el puerto y el anfiteatro de montañas que lo corona, teñidos de un matiz fantástico, semejante a la de los cosmoramas. La vistosa alternativa de los cristales me sugería ideas, ya lúgubres ya consoladoras. El país de oro que veía a través del vídeo amarillo me reanimaba y la fúnebre palidez del azul me abatía”

Emilia Pardo Bazán. Doña Milagros, 1894.
Galería hacia la Marina del nº25-27 de Riego de Agua. Foto del autor.

El tramo de Riego de Agua ya existía, y en esa calle nació ella en 1951, en una casa que ya no existe porque se derribó cuando se ensanchó la calle Fama. En cambio, el espacio de la actual Plaza de María Pita estuvo ocupado por las murallas de la ciudad, que separaban la ciudad Alta del barrio de la Pescadería, hasta que se inició su derribo en 1840. Será a partir de este momento en que la ciudad tendrá una necesidad imperiosa de cubrir este espacio, al que bautizarán como Campo del Derribo y para el mismo harán un diseño de plaza Jose María Noya y Faustino Domínguez en 1860. El proyecto actual es llevado a cabo por Juán de Ciórraga que diseña los soportales de la Marina en 1870 y la propia Plaza de María Pita en 1877. Aún así, por falta de recursos el frente que correspondía al Ayuntamiento no fue construido hasta que retoma el proyecto Pedro Mariño en 1897, construyendo el actual Palacio de María Pita entre 1908-1912 en estilo ecléctico, combinando el neobarroco con la decoración modernista. Por lo tanto en la Piedra Angular (1891) Emilia Pardo Bazán bautiza a este solar con un nombre muy apropiado:

Páramo de solares, que desde hace bastantes años lucha por ser plaza de Maripérez, nombre de la heroína popular de la linda capital marinedina”.

Emilia Pardo Bazán. La Piedra Angular, 1891.

De igual manera en Doña Milagros (1894) también describe los nuevo modelos de vivienda acomodada que se realizan a finales del siglo XIX y cuyo modelo continuará y modernizará el modernismo a principios del siglo XX.

“[…] habitábamos una de las casas acabadas de construir en el Páramo de Solares [Plaza de María Pita], que unía al barrio de arriba con el de abajo y ya  iba trocando el antiguo nombre por el de plaza de Marihernández, pues tenía los lados de su rectángulo casi guarnecidos de construcciones, entre los cuales se contaba la casa de Correos, por su esquinal siempre helado, siempre barrido por la ventolera furiosa. Pertenecen las casas nuevas del Páramo a esa clase de edificios que, pactando secretamente con el genio de la molestia y de la mezquindad, levantan el bienestar de oropel y el engañoso lujo moderno. El portal, embaldosado con rombos de mármol negro y blanco, ostentaba una portería ilusoria[…]Para fomento de la susodicha vanidad, no faltaba mucho medallón de yeso, mucho rodapié pintado, mucho barniz, mucho chinero en el comedor, mucho papel estampado, mucha alcoba estucadita, y, en fin, mucho de todo eso que  remeda la comodidad y aún la elegancia. En cambio , la distribución era lastimosa; los dormitorios estaban sacrificados al quiero y no puedo de la sala y el gabinete; los tabiques, mejor que a salvaguardar la independencia y el aislamiento que aún en el seno de la familia reclaman el pudor y la dignidad del individuo, parecían llamados a servir de conducto acústico, de tal manera se oía todo al través de ellos; en la antesala tenía que pedir permiso el que entraba al que abría la puerta, no por no caber los dos juntos, y los pasillos, más que pasillos, semejaban intestinos ciegos. De las estrecheces de otras piezas muy necesarias, nada quiero decir sino que eran ocasionadas a percances harto ridículos. En lo que se había corrido el arquitecto, era en la altura de techos, haciéndola tan disparatada y fuera de proporción con la importancia de la vivienda, que yo pensaba para mí la gran lástima que era no poder tumbar nuestro piso dejándole de ancho lo que tenía de alto, y lamentaba que las camas de los niños no pudiesen ponerse como jaulas de pájaros, colgadas de las paredes.

Dos resultados de esta altura de techos descomunal: el primero, que no había cortinas que alcanzasen y a todas fue preciso añadir una especie de volante o faldamentas; el segundo, que la cantidad de escaleras que subíamos para llegar a nuestro domicilio era capaz de poner enfermo del corazón a quién más sano lo tuviese”.

Emilia Pardo Bazán. Doña Milagros, 1894.

Son varios los relatos y novelas en los cuales Doña Emilia hace referencia a Marineda. Además de las ya citadas, la ciudad aparece en Memorias de un solterón (1896), la Dama Joven (1885) y De mi tierra (1888). En la Quimera (1905) se menciona Marineda, al igual que Torres de Alborada [Torres de Meirás], Brigos [Betanzos] o Areal (Sada).

El Modernismo de Emilia Pardo Bazán

Como veíamos previamente el decadentismo literario se escindía ligeramente del naturalismo, siendo este la base de los estilos posteriores. De esta manera,  el modernismo o simbolismo desarrolla sus fórmulas narrativas a partir de las anteriores, realizando un cambio de enfoque, pasando de hacer un análisis de la realidad a dar una visión de la misma, o lo que es lo mismo el cambio se produce en el modo de pensar, no el modo de sentir que sigue según los arquetipos románticos.

El modernismo en literatura se expresa de una forma estética, dejando la ideología implícita en la narrativa y sintiendo con pasión la belleza, influencia de Verlaine (1844-1896).En 1902 Pardo Bazán se expresa de la siguiente manera sobre el modernismo:

 “Nos encontramos en horas de tanta infecundidad, que cualquier tentativa, cualquier afirmación, cualquier soplo de entusiasmo, parece que nos vivifica. No figuro entre los adeptos de la escuela modernista; no me faltan objeciones que oponer a sus teorías, ni censuras para sus prácticas, y, sin embargo, pocas corrientes de simpatía más verdadera, pocas impresiones de tal poesía habré recogido en mi viaje, como las del Cau Ferrat.

Emilia Pardo Bazán. Por la Europa católica, 1902.

Emilia Pardo Bazán a causa de su renombre como novelista se convertirá en una afamada crítica literaria por lo que estará siempre a la vanguardia de lo que se escribe en España. Su necesidad de estar siempre al día  crea en ella un estilo ecléctico con un marcado carácter innovador que le hace fluir hacia el modernismo.

En este estilo Doña Emilia escribirá tres novelas: La Quimera (1905), La sirena negra (1908) y Dulce Sueño (1911). En ellas usa la simbología con las alegorías de la quimera, la sirena y el dragón, que se repiten a lo largo de toda la obra como señala Borda Crespo (s/f) en los siguientes párrafos escogidos:

“Mujeres como tú, doblemente peligrosas son que las Dalilas y que las Mesalinas. Estas eran naturales, al menos. Tú eres un caso de perversión horrible, antinatural, que se disfraza de castidad y de pureza. […] En tus degeneraciones modernistas, premeditaste un suicidio, […]

-¡Mira, Lina, yo no quiero insultarte; eres mujer… aunque más bien me pareces la Melusina, que comienza en mujer y acaba en cola de sierpe! Hay en ti algo de monstruoso, […] Porque tienes la soberbia infiltrada en el corazón, en ese perverso corazón que no sabe amar, que no sabe querer, que no supo nunca, y que no ha de aprenderlo!”

Emilia Pardo Bazán. Hablando de Lina Mascareñas en Dulce Suelo, 1911.

De igual manera, en el modernismo cobran importancia los colores como sucede también en la pintura y en la arquitectura, donde el color tiene un simbolismo como es el caso del amarillo del cuadro La Morfina (1894) de Santiago Rusiñol que representa la enfermedad.

 “Los aéreos colores, verdes, anaranjados, violados, de transparente y luminosa magnificencia, fueron apagándose con lentitud dulce; ya casi invisible a fuerza de delicadeza, se esfumaron al fin completamente, y el paisaje quedó como abandonado y solitario, húmedo, escalofriado con la proximidad de la noche otoñal traidora y pronta en sobrevenir”.

Emilia Pardo Bazán. La Quimera, 1905.

Otra de las innovaciones que introduce la autora es la temática de los alucinógenos, tan de moda en su época y tan poco abordados por la literatura del período, pasando a ser éstas las primeras novelas españolas en tratar el tema. Así mismo, enfoca una crítica a la mutante sociedad del cambio de siglo sobre todo en el campo de la moral.  Las drogas sirven de nexo con otra de las influencias del arte modernista, el arte prerrafaelita, donde la estética lánguida y blanquecina de las modelos se favorecía con el consumo de ópio y láudano.

La Quimera (1905) nos sirve también para ligar a Emilia Pardo Bazán con otro elemento artístico que se ha ido entrelazando a lo largo de todo el texto con la literatura, que es la pintura. La Quimera es una novela biográfica sobre su amigo y protegido Joaquín Vaamonde (1872-1900) al que representa con el nombre de Silvio Lago, apareciendo ella misma también en la novela bajo el nombre de Minia Dumbría. La novela da comienzo en 1895, momento en el que Joaquín Vaamonde tenía 23 años y ella 44 y nos relata la vida de este joven pintor y su éxito como retratista entre la clase acomodada madrileña. Entre sus cuadros se conservan algunos retratos de Emilia Pardo Bazán, en los que al igual que en la inmensa mayoría de sus retratos utiliza la técnica del pastel. Lo hace mediante una estética realista que roza el modernismo en los colores y las siluetas vaporosas, pero por desgracia Vaamonde murió de tuberculosis antes que su obra llegase a la madurez.  

Conclusión: El recuerdo en A Coruña de Emilia Pardo Bazán

Durante toda su vida Emilia repartió su estancia entre A Coruña y Meirás, donde aprovechaba a escribir, y Madrid donde hacía vida social, hasta que a partir de 1908 hizo cada vez más escasas las visitas al norte hasta su muerte en 1921. Por lo tanto Emilia conoció A Coruña a la perfección y fue participe del gran cambio que aconteció a la ciudad durante la segunda mitad del siglo XIX como veíamos en sus novelas que están ambientadas en Marineda.

Por lo tanto, Emilia vio como con la llegada del nuevo siglo la ciudad empezaba a decorarse con los edificios Art Nouveau de Julio Galán, Pedro Mariño, Ricardo Boán o Juan de Ciórraga. Pero por desgracia, ya no representó esta A Coruña modernistas en sus novelas dado que la última novela que escribió sobre Marineda fue Memorias de un solterón en 1896. Es mismo momento en que empezaban a llegar a la ciudad las nuevas influencias arquitectónicas de las capitales europeas, que no se llegaron a consolidar como modernismo propiamente dicho hasta 1908. En ese mismo momento, ella ya tenía otras preocupaciones literarias donde la descripción del realismo, la reivindicación del naturalismo y la crítica del decadentismo habían ascendido a las impresiones del modernismo.

Su alta fama y prestigio hizo que fuese nombrada Presidenta de la sección de literatura del Ateneo de Madrid (1906), Consejera de Instrucción Pública por Alfonso XIII (1910) y Catedrática de literatura neolatina en la Universidad Central de Madrid (1916). Sin embargo no consiguió ser nombrada Académica de la Real Academia Española de la Lengua (RAE) a pesar de intentarlo hasta en tres ocasiones. Por otro lado se le dedicaron calles y edificios y se le erigieron monumentos en vida, como es el caso de la Calle Emilia Pardo Bazán ubicada en el Ensanche y que le dedicó el Ayuntamiento de A Coruña en 1900; el desaparecido Teatro-Circo homónimo que se encontraba en la Marina, en el lugar que ahora ocupa la autoridad portuaria, construido entre 1900 y 1903 por Atanasio Anduiza y que sería derribado en 1915; y el monumento homónimo realizado por el escultor Lorenzo Coullaut Valera (1876-1932) en 1916 en los jardines de Méndez Núñez.

12 de mayo de 2021

con motivo del centenario del fallecimiento de Emilia Pardo Bazán.

Alberto Fuentes-Valcárcel

Arquitecto.


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Bibliografía

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